LA ILUSIÓN DE SANCHO PANZA

Sancho Panza es un labriego pobre y analfabeto que tiene esposa y dos hijos.  Cierto día recibe la visita de su vecino hidalgo.  Cervantes nos advierte de que este último parece haber perdido el juicio, pues cree ser un caballero andante y se hace llamar ahora Don Quijote de la Mancha.

El objeto de la visita es muy concreto: Don Quijote le propone a Sancho que entre a su servicio en calidad de escudero.  El labrador no alcanza a entender muy bien todo lo que se le cuenta:  no sabe nada de libros de caballerías, ni de caballeros andantes.  Pero Don Quijote le describe los grandes beneficios que podría obtener a modo de compensación por sus servicios, y en una de esas comenta de pasada que Sancho podría llegar a ser gobernador de una “ínsula”. 

El pobre Sancho nunca ha oído antes la palabra “ínsula” y no sabe lo que significa; pero se aferra a la idea de convertirse en gobernador y decide finalmente servir a Don Quijote como escudero.

Su razonamiento es sencillo y de una lógica aplastante: yo, no sé nada y nunca he leído un libro.  Don Quijote es un señor de buena reputación en nuestro pueblo y desde luego ha leído todos esos libros de caballerías, que él dice que son muy sabios.  Si lo dice él, así ha de ser.  ¿Quién soy yo para ponerlo en duda?  Me lo ha prometido y sé que es un hombre honrado. 

Lo que sigue es bien conocido: Sancho Panza es objeto de burlas, manteado, apaleado, pasa hambre, sufre, echa de menos a su familia y desde luego nunca se convertirá en gobernador de ninguna ínsula ni conseguirá título nobiliario alguno.

Si nos pusiéramos a saldar cuentas, ¿A quién le echaríamos la culpa de las desgracias de Sancho? Una primera respuesta podría consistir en responsabilizar a Don Quijote: al final de la novela, en su lecho de muerte, se siente culpable por haber arrastrado a otros en su quimera. 

Pero a nadie se le ocurre, después de leer El Quijote, que el ingenioso hidalgo sea el culpable absoluto de los males de Sancho.  Es más, nos reímos de este último: “pero por favor, ¿cómo puede ser tan tonto este Sancho?” Al fin y al cabo, ¿No le advierte su mujer de que esas cosas de caballeros andantes no son más que majaderías?  Sí, su mujer se lo advierte.  Pero la fuerza del deseo de Sancho de convertirse en el gobernador de una “ínsula” es tan intensa que insiste hasta aburrirla y hacerla callar; ella no termina de creerse la historia, pero le deja hacer. 

La novela muestra que Sancho, que en relación a Don Quijote parece ser “realista”, aparece ante terceros como un Quijote más, contando su historia y empeñado en hacer creer a quien haga falta de esa verdad.  De hecho llegará un momento, en la segunda parte de la novela, en la que Sancho y su locura pasarán al primer plano, dejando al propio Don Quijote momentáneamente en la sombra y como simple espectador de las hilarantes escenas que Sancho protagoniza.  Al fin y al cabo la locura de Don Quijote es tan contagiosa que Sancho acaba siendo como él. 

Podemos pensar ahora en los millones de personas que corrieron detrás del sueño de la burbuja inmobiliaria, alentados por banqueros, promotoras y, por supuesto, sus vecinos, amigos y cuñados que se metían en deudas de 40 años a cambio de cuatro paredes con ventanas, en un contexto de precarización creciente del trabajo.

Aquello parecía ser (en contra de lo que sugería una mínima reflexión razonable -!- ) la vía directa hacia una estabilidad material que pudiera servir de base segura para una vida feliz.  Otros veían con buen criterio que el país iba directo hacia el suicidio social: éstos eran tratados de “frikis” y “aguafiestas” por todos los Sancho Panzas que emergieron como tipo social dominante, de la misma manera que el Sancho original calificaba de “boba” a su mujer por advertirle de que no se creyera esas historias de caballeros andantes. 

Hoy todos sabemos que era absurdo esperar un crecimiento ilimitado del precio de la vivienda en un país con un aumento de la población menor que el ritmo de construcción de viviendas, con una pirámide de población regresiva y con una estructura económica débil en su base industrial.  Era tan absurdo que mucha gente se dio cuenta de ello, aunque sus voces eran silenciadas e ignoradas por los Quijotes y Sanchos que proliferaron por doquier.  Aquello era verdad y “todo el mundo lo sabe, mira a tu alrededor: esto funciona”.  Punto.

Los millones de Sanchos, una vez metidos en el endeudamiento de por vida para comprar ladrillos, animaban a otros (se podría decir que con buena intención) a hacer lo mismo: se convertían a su vez en Quijotes que presionaban a sus hijos, hijas, cuñados, amigos, a hacerse con su propia “ínsula”, intentando convencerles de que su ilusión es verdad de la buena.  Y así es como los Sanchos reclutaban nuevos Sanchos para la causa. 

La novela de Don Quijote se escribió hace 400 años y estamos como entonces.  A Sancho y a su mujer no les animaba otra cosa que el sano y legítimo deseo de mejora de las condiciones de vida para ellos y para sus hijos, al igual que a la mayoría de la población.  Pero su historia nos hace ver el peligro de basar nuestra felicidad material en una ilusión que en el fondo no comprendemos, por mucho prestigio que tenga ante nuestros ojos aquél que nos vende la moto: puede haberse vuelto loco, querer engañarnos, o sencillamente estar equivocado.  “Yo no sé de economía, pero si me dicen que la vivienda va a crecer siempre me compensa endeudarme para cuarenta años aunque sea por un riñón…”

Realmente nadie era capaz de explicarlo.  No nos engañemos otra vez: absolutamente nadie podía entender que la vivienda creciera siempre, y menos aún a ese ritmo.  Aquella canción de “los bajos tipos de interés” era una observación más o menos aguda para salir airoso en el regate a corto plazo, pero no explicaba nada; era irrelevante en lo que se refería al meollo de la cuestión: las expectativas irracionales sobre la evolución futura del precio de la vivienda.  Esas expectativas no se basaban en nada; su único sustento era la repetición del mantra.  Es así como un disparate terminó convirtiéndose en verdad, por la propia fuerza de la masa, por todos los Sanchos que, Quijotizados como el Sancho de la novela, iban contando su historia y reclutando nuevos adeptos.  ¿Quién no ha comentado ante otros que “hay que comprar ahora, que es una inversión segura, alquilar es tirar el dinero y esto no va a bajar”? A mi alrededor conozco a pocos.  Los que les hicieron caso también se compraron un piso.  No eran necesariamente los banqueros o las promotoras quienes presionaban al pobre contribuyente.  El contribuyente también presionaba a sus cercanos: nada de esto hubiera ocurrido sin esa correa de transmisión en la que miles de Sanchos se dieron alegremente la mano.

Hace unos pocos años, en plena orgía inmobiliaria y con motivo del 400 aniversario de su publicación, la novela cervantina era elevada a los altares nacionales, promovida y difundida como objeto-fetiche “Marca España”, atracción turística, aeropuerto (hoy cerrado) y orgullo nacional.  Los fastos fueron enormes, y a ello contribuyó el buen estado (ficticio) de las arcas públicas debido a la confianza generalizada en la “ínsula” de ladrillo.  Era el momento de gloria.  Se presumía de economía y se presumía, a la manera del nuevo rico, de un arte que no se comprende.  Nadie se daba cuenta de que al mismo tiempo que se alardeaba de Don Quijote ante el mundo entero, el país se convertía en uno de los personajes más cómicos de la novela para terminar, como Sancho, manteado por los acontecimientos y molido a palos.  Cervantes había retratado a su país tan bien que su irónico retrato seguía siendo válido 400 años después. 

Llegados a este punto el comentario corrosivo es fácil, pero hay que ahorrárselo: las consecuencias que el sanchopancismo popular está sufriendo en sus propias carnes (y en las ajenas, porque desgraciadamente las víctimas de esta crisis no son sólo los Sancho Panzas) son lo suficientemente trágicas. 

Esta es la historia de un país que confió en una ficción mendaz para codearse con los mejores, y que al despertar se descubrió a sí mismo pobre, apaleado y triste.

En las manos de sus gentes está que algo así no vuelva a ocurrir.  Sospechamos sin embargo que sólo la educación y un poco de desconfianza y prudencia hacia los cuentos que venden soluciones sin fallos posibles, pueden  ayudar a que algo así no se repita.  Pero mientras vemos cómo van evolucionando los acontecimientos, no estaría de más que echáramos un ojo de vez en cuando a las obras de Cervantes y las de otros grandes novelistas, en lugar de aferrarnos tan estrechamente a los discursos de saldo que predominan en nuestra sociedad.  Hoy las novelas de caballerías se han multiplicado en términos exponenciales con respecto a los tiempos de Cervantes, y se multiplican también los Sanchos.  Hace lo menos 400 años que estábamos advertidos.  ¿No lo confirman los hechos? “La verdad novelesca es irrebatible” (Luis Goytisolo).

Gabrilo Printzip

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