HOSTERÍA VESPERTINA

 

 

HOSTERÍA VESPERTINA

 

Se oyó un siseo metálico. Otra mosca electrocutada. Las parrillas colgantes, en cuyo fondo podían detectarse a cientos de moscas ejecutadas, trabajaban a destajo en aquella hora de la tarde. También podían verse, pendiendo del techo y de las irregularidades del local, incontables tiras de plástico granate infestadas de moscas ya muertas y de otras que titilaban débilmente en agonía. Aquello era el Auschwitz de las moscas.

 

Su afluencia no cejaba. Al contrario, parecía que una nueva generación de moscas afluía con la entrada en la carretera de un rebaño de reses bravas. Los ventanales del local, abiertos de par en par dado el bochorno insoportable, traían, con el polvo, nuevos enjambres de insectos, que hacían las delicias de los parroquianos, quejosos y sudorosos, agrupados en las mesas, jugando a cartas o bebiendo el mezquino tintorro de la tierra.

 
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Mikel Solauren, con un peinado y un nivel de pelo a lo Bruce Willis, con una cabeza redonda y brillante de sudor y bronceado, con brazos musculosos saliendo de su empapada camisa -donde se veía el dibujo de unos cuantos kukuxumuxus reptando cual maraña de arácnidos sobre un anuncio de San Fermines- seguía envarado ante el yacente plato de estofado, donde las moscas se posaban sin resistencia alguna. Su compañero Patxi Llongares, menos atlético, de pelo rizado y negro veteado de canas, comía silenciosamente aquella carne caldosa y gris, inasequible a cualquier tipo de belleza gastronómica, donde flotaban unas hortalizas de denominación dudosa.

 

El local era amplio. La barra del bar se encontraba como parapetada en un pequeño espacio. Las vitrinas de cristal rayado escondían unas cuantas cazuelas de tapas en avanzado estadio de fermentación y de bocadillos de fiambre adusto que se cocían en el encierro. Los ventanales dejaban ver el polvoriento espectáculo de unas lomas agrietadas en las cuales crecían o permanecían con vocación de eternidad arbustos retorcidos, como el escenario ideal de una película de Sergio Leone.

 

Mikel se encontraba en estadio de irritación. Llevaban ocho horas de conducción y los primeros momentos de efervescencia excursionística habían dejado paso a una decepcionante abulia. Mikel quería probar las cualidades gastronómicas de la comarca en la que iban a entrar. Pero la elección fue precipitada: no se podía pedir a un local de carretera inserción en las costumbres y usos de aquella región. La camarera, una chavala casi joven, de piel pálida, con largas ojeras, embutida en una camisa de putaza de tiras negras, dejando a la vista un adiposo ombligo, y con unos pantalones de cuero del mismo color, no dejaba de mirarse al espejo de atrás de la barra. Les dijo que era madrileña, al igual que su marido, el hombre de pelo largo y barba de cuatro días que atendía a las mesas. Por tanto, todos los intentos de sacar algún plato local habían degenerado en fracaso absoluto.

 

“¿Quieren algún postre?”

 

Había algo de ruego, de súplica y lamento, en las palabras del camarero. Mikel ni le miró a la cara mientras cruzaba los brazos en actitud escultórica. Pero su compañero, que había terminado de comer, le preguntó:

 

“¿Tenéis algún postre típico?”

 

El camarero se animó de repente: “Claro que si. El queso de esta región es famoso. Puedo traerle una ración y una nueva botella de vino”.

 

“Lo del vino no, gracias -dijo Patxi mirando a la botella del cosechero que le habían servido: todavía quedaba la mitad y estaba seguro que Mikel no iba a probar más -pero, por favor, tráigame una ración de ese queso, y algo más de pan”.

 

Mikel le miró con un deje de chulería paternal. “¿Quieres prolongar esta tortura? No hemos dao ni una: primero con la sopa, que era de sobre y mal hecha, y luego con el estofao. Esa carne no sirve ni para los perros”.

 

“Déjate -dijo Patxi- es la primera vez en mi vida que vengo a este sitio y habrá que ver como es”.

 

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Y es que Patxi se encontraba admirado por la densidad del color local. Después de pasar tanto tiempo en la aséptica e higiénica San Sebastián quedaba maravillado con ese espectáculo de dejadez y mugre. Parecía imposible que esa taberna diera para vivir. Y, sin embargo, los grupos de lugareños se reunían en las mesas, bebían del infecto vino, pedían tapas de patatas bravas con mahonesa, miraban al televisor y, de vez en cuando, lanzaban inmerecidos piropos a la camarera. Y el jolgórico universo de las innumerables moscas, que se metían por la camisa, por los sobacos, se enredaban en el pelo, caían a los vasos, nadaban en los platos y escalaban las raciones de tapas. Aquel sentimiento de extrañeza le llenaba de vigor y de espíritu de aventura.

 

“¿Qué querías? ¿Un centro de talasoterapia?”.

 

A Mikel se le animaron los ojos azules y la boca con una semicarcajada. Le dijo que iba para afuera a fumarse un porro.

 

El aire no había templado lo más mínimo y le sorprendió el tufo de la tierra circundante, llena de los miasmas de un sistema de alcantarillado que aparecía varios metros más atrás de la posada, y la vaharada del reguero de las bostas de reses bravas que cruzaban la carretera con brillo ocre. Mikel se alejó de polvorienta explanada del aparcamiento hacia el lugar donde el campo se abría; una cerca rota separaba el levante del terreno de la descendente llanada que llegaba hasta lo que parecía ser el cauce de un riachuelo. Un árbol que parecía un olivo o una encina desmochada se alzaba al lado de una pared de piedra. La luz del atardecer, que empezaba a cambiarlo todo, reflejó debajo del hondón de la pared una zona de vegetación más delicada, de yerbas más blandas y verdes y en el centro se inclinaban un grupo de rojas amapolas.

 

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Era el efecto de la dorada luz, separando los colores de la tierra, los arbustos y las floraciones de duras hierbas de verde oscuro. El campo bulló con gracia inesperada. A lo lejos parecía adivinarse una dehesa llena de árboles. Hacia allí les llevaba el camino. Mikel sacó el porro del paquete de winston y empezó a fumar.

 

Primero se dirigían a Villaserena del Regato, donde pasarían una noche. Luego cogerían la carretera vecinal y llegarían al camping de Villaplana, al lado de la salvaje dehesa de Horcajo de Bracamonte. Para Mikel todos esos nombres eran el recuerdo de tantas otras etapas con su ex mujer Sonia Orkaiztegi. Mientras conducía, al entrar en la comarca, ya comenzó a notar la vibración de los ecos de las conversaciones que mantuvo con ella a lo largo de la ruta: la evocación de un tiempo no manchado por lo que luego vino. Empezó a notar el cambio de respiración, el encogimiento del estómago como apretado por una cuerda, el pensamiento que se le rompía en mil pedazos y una amargura de papel de lija a lo largo de su garganta.

 

“¿Me darías unos tiritos?”

 

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La voz provenía de varios metros atrás. Mikel se volvió con el porro entre los dedos. Era un joven, de unos veintitantos años, con largo pelo grasiento, nariz y pómulos afilados, una chaqueta de cuero sobre una camisa de heavy metal y debajo de un pesado cinturón de hebilla metálica apretadísimos pantalones de pana.

 

“Claro que sí” -el muchacho cogió la colilla con indisimulado fervor, dándole varias profundas caladas consecutivas. Mikel le miraba con la extrañeza del que no le corresponde comenzar una conversación. A pesar de todo empezó a preguntarle. El hombre se llamaba Antonio y era gitano. Ayudaba a su primo en el cuidado de un rebaño de cabras.

 

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“Buen costo -le dijo devolviéndole el porro- aquí no consigo más que mierda. Es que no soy de aquí. Y mi primo es un pureta cabrón que no me deja hacer lo que quiero. Vine porque no tenía donde caerme muerto. Pero algún día volveré a Cuenca. Mi novia vive allí. Algún día conseguiré la pasta suficiente para que vivamos juntos”.

 

Y luego siguió una parrafada acerca de lo bien que se lo había montado en Cuenca haciendo reparaciones de coches y chapuzas domiciliarias, hasta que le acusaron de robo y tuvo que salir por patas. “La gente es cabrona –decía, y se secaba la boca con la manga de la chaqueta. Sus ojos brillaban con odios secretos- Son tope majetes cuando piensan que no eres más que el típico pringao sin cerebro. Sólo que cuando mi jefe vio a mi novia y que me lo montaba en un piso le entró la mala bicha. Tendrías que ver a mi novia: entró en el taller y toda la panda de bujarrones se puso a babear. La conocí en la fiesta del  barrio. Es larga como un galgo y culona como una pantera. Y sus ojos y su boca y sus dientes separados. No me lo perdonaron: me lo hicieron pagar, primero puteándome en el curro y luego me endilgaron lo del robo de la casa de la vieja Mercedes -los ojos del gitano estaban rojos del efecto del porro y relucían potentes- Puta mierda. Pero les voy a dar por culo”.

 

Y siguió una larga tabarra acerca de las cualidades de su primo, que no tenía ni puta idea de nada y de que le había mandado a aprender manejar ordenadores y cómo encontraría trabajo donde quisiera.

 

“¿Quieres una china?” -le preguntó Mikel. El joven se ablandó y el ansia recorrió su rostro como una sombra. Pero el orgullo afloró de repente y negó con la cabeza. “Gracias de todas formas” le dijo el gitano y saltando la cerca comenzó a andar campo a través levantando polvo y separando la espinosa vegetación, sin volver la cabeza.

 

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Mikel, al que le había estado a punto de dar un ataque de melancolía corrosiva, sintió admiración por el muchacho. Vio como se alejaba, en línea recta, sin moderar su combativo paso, no mirando a ningún lado, subiendo de lleno por las cuestas que se le ponían delante. ¿Algo de lo que le dijo era verdad? ¿No le soltó la típica soflama despistante, para hacerse el simpático? Mikel pensaba que daba lo mismo. Pensó en la impresión auténtica del amor que sentía por la mujer que dejó en Cuenca, esperándole. Que intentaría hacer lo que se proponía. Que en las noches de soledad campera y junto al desgracias de su primo la imagen de aquella mujer le daría todo el calor necesario. Y Mikel contempló a Sonia con el ojo de la mente: su radiación era como una especie  de quemazón dolorosa. Demasiadas conversaciones, discusiones, paisajes, frases y calles repetidamente quemados por el recuerdo infinito. Aquel chaval lo tenía todo por delante. A él le parecía que el camino recorrido era mucho más largo que el que venía.

 

Y sin embargo aquel encuentro parecía un buen augurio.

 

Patxi miró el queso. Era un pedazo gordo -no habría otra forma de describir aquella porción rechoncha donde sobre todo destacaba la forma pétrea de la corteza. Debió ser en algún tiempo el típico queso cremoso y oloroso. En ese momento, mostraba un avanzado proceso endurecimiento que era aparente por su color amarillo oscuro y la rígida textura. En el centro centelleaba, como algo preciado, una parte más pálida, como más cercana a la condición original del alimento. Patxi acercó el cuchillo y seccionó esa parte y se la comió con un pedazo de pan. Plasticazo. Aquello era queso de bolsa. Cogió una de las servilletas de papel y envolvió el pedazo. Cuando reemprendieran el viaje lo tiraría por la ventana. Aquel trozo de proteína y grasa serviría para vigorizar la cadena trófica del ecosistema estepario.

 

Se levantó para dirigirse al servicio. A la esquina de la barra, donde se apilaban cajas de botellas vacías, topó con una puerta de madera cerrada y vino solícito el camarero con unas llaves. Le abrió la puerta y marchó al instante. Comprobó que el interruptor de al lado de la puerta no encendía nada, algo comprensible, ya que el hilo eléctrico del techo pendía vacío. La taza del water se encontraba sospechosamente al fondo. El olor era estomagante. Abrió la taza y una oleada de moscas acudieron a su cara. Patxi no podía creérselo. Cinco días a la semana desinfectando el bar que regentaba en el barrio de Egia, y aquellos tíos permitían la existencia de ese museo de los horrores en la trastienda. Eran unos genios. Olió, como una exhalación divina, la oportunidad comercial.

 

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Se acercó a la barra y le pidió a la mujer ojerosa la tarjeta del local. Tuvo que repetir la petición ante la expresión de extrañeza de la mujer. Esta cogió una servilleta del servilletero y apuntó con trazó rápido las señas, el teléfono y el nombre del lugar. Patxi recogió el papel, dio las gracias y se sentó, y miró hacia los tres hombres que jugaban a cartas debajo del televisor. Eran bastante jóvenes y vestían traje de chandal. Alrededor del tapete se encontraban unas copas de coñacazo de la casa. Estuvo en un tris de ofrecerse como jugador, pero en ese momento entraba Mikel. “Bueno, ya es hora de irse”.

 

Apareció el camarero, flanqueado por su mujer, que llevaba cuatro chupitos en una bandeja y con maneras de simpatía infinita les invitaba a tomar una copita de orujo. Les puso los chupitos delante y hubo un instante de vacilación mientras Patxi y Mikel miraban hacia los vasos y el camarero esperaba expectante que se los tomaran. “Con mucho gusto” -Patxi alzó el vaso y obligó con la mirada a un reticente Mikel a que hiciera lo mismo. Pronunció un brindis a favor de la casa; el camarero y su mujer levantaron también sus vasos, hubo un breve entrechocar de cristales e ingirieron el líquido de un sólo trago. Mikel empezó a toser con la náusea rondándole la garganta. Patxi hizo un esfuerzo supremo y notó como avanzaba por su esófago el líquido viscoso con el quemante escozor de la morrena de un glaciar. Las venas de la sien empezaron a batir. Aquel orujo no necesitaba la mañana siguiente para producir un buen dolor de cabeza.

 

 

JOXE MORATE

 

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